No quiero ser árbitro de fútbol. Por Federico Sainz

No soy árbitro ni quiero serlo. No entiendo cómo pueden serlo. Puede que algunos no conozcan el reglamento en profundidad, puede que otros lo interpreten erróneamente, pero dudo de que lo apliquen tendenciosa y perversamente. Se equivocan. Y también aciertan, como los jugadores, como todos. No es sencilla su labor, de decidir en un instante jugadas que a veces no son fáciles de descifrar ni en la pantalla del televisor. Sin embargo, se les juzga con absoluta intolerancia, se les censura sin un mínimo de indulgencia y se les demoniza con bajeza.
El ejemplo de las categorías profesionales se proyecta también a las categorías de aficionados y formativas donde si los jugadores, muchos de ellos niños, se muestran considerados, no sucede lo mismo con sus progenitores, pésimo modelo pedagógico en sus invectivas recurrentes hacia los colegiados, a los que obsequian con todo tipo de sarcasmos desde su supina sabiduría: «No tienes ni idea», «Dedícate a otra cosa» o «Te han regalado el título» son algunos de los enunciados más amables que reciben de licenciados en el reglamento arbitral, ya sean amas de casa, profesores, conductores, policías o abogados. Todos ejercen la potestad del menosprecio, la burla, el vilipendio, la desconsideración más grosera e infame. Porque ellos siempre tienen la culpa, porque no tienen ni idea, porque son inútiles. Sean valientes y díganselo en la calle, cuando acabe el partido. Si no es así, estén callados en la grada.

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