HOMENAJE. Por Ricardo Vides Zamora


Nueve de la noche, las luces lucían espléndidas, el césped impecable para ser desbordado a lo largo y ancho, quien sabe si a velocidad vertiginosa, a trote con pases pausados y precisos, o ser el espacio de salida y de llegada del entusiasmo, de los aplausos y las hurras ante poderosos remates desde cualquier distancia.
En las gradas ya no cabía ni siquiera la sombra de un alfiler y los aficionados con los ojos frescos y abiertos de par en par, aguardaban para llenarse de emoción en cuanto las jugadas y disputas comenzaran y vinieran una tras otra…
Los fotoperiodistas en lugares impensables aguardaban pacientemente para llevarse la mejor imagen de lo que ocurriera para ser recordado, los locutores micrófono en mano comían ansias por transmitir esos lances increíbles, los dos equipos, protagonistas directos del juego limpio, ubicados cada uno en su campo; los cuatro responsables de mantener el orden, el respeto y de conducir aquella manifestación de habilidad y talento durante noventa minutos, de un momento a otro iniciarían su nada envidiable labor.
El balón señores dijo una voz grave en el centro del campo…
Los capitanes mirándose uno al otro y con su silencio daban la respuesta,  no estaba ni había balón por ningún lado.
El árbitro pronunció aún mucho más fuerte: ¡El Balón!
Pero las cercanías y el horizonte estaban quietos, como detenidos en el tiempo, cual postal de una final que nunca se jugaría…
Aquello parecía una gigantesca escultura de piedra, nada se movía, ni el aire ni las nubes…
Sudando a mares, Bonifacio despertó dando un tremendo grito: ¡El Balón!
Quien lo iba a escuchar si era de madrugada, entonces asustado y aun temblando se levantó, necesitaba un trago de agua diáfana y tranquilizadora…
Esa pesadilla no era una experiencia intrascendente, era la dolorosa realidad que trágicamente continuaba cayendo como lluvia de palabras desde las páginas y fotografías del periódico que había quedado abierto…
Es cierto que las distancias separan, pero los corazones tienen el misterio de unir los espíritus en las buenas o en las malas, y no le quedó otro remedio que buscar a su amiga de mil batallas, la misma que nunca lo defrauda.
Necesitaba un consuelo y se abrazó a ella, cerró los ojos y sin abrirlos pudo apreciar que su pelota de fútbol brillaba blanca como un ángel y con un escudo verde enseñoreado con tres letras resplandecientes: ACF
Entonces si abrió los ojos para ver si no soñaba despierto, y ahí en lo fraterno de sus brazos, el balón era el mismo de siempre: cuadros amarillos con adornos negros…
Las lágrimas sencillamente son humanas y ya no pudo más sostenerse en pie y se arrodillo para pronunciar plegarias en homenaje hacia aquellas personas, que en vida amaron el fútbol tanto como él. 

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