El retraso educativo del fútbol. Por Cristian Grosso

Políticas refractarias. Hospitales vandalizados, comisarías saqueadas y aulas violentas. Calles salvajes, plazas enjauladas y la estatua de Gabriela Sabatini destrozada como un ejemplo más de la sinrazón. Y los estadios de fútbol en constante erupción. Esos colosos de pasiones convertidos tantas veces en altavoces de penurias, frustraciones y rencores. Tristes cajas de resonancia del retraso educativo de una sociedad atravesada por una crisis crujiente.
El juego en la Argentina parece ofrecer una etapa de florecimiento. No su organización, tan precaria e incoherente como siempre. Después de años de aburrimiento y mezquindades, las canchas mejoraron su oferta desde propuestas que cuidan la elaboración, que asumen riesgos e invitan a seguir los partidos de pie. Se enriqueció la idea, mientras las adyacencias culturales no salen de su empobrecimiento. Fallan las conductas de las dos figuras centrales, los auténticos protagonistas que tiene este deporte: los futbolistas y los hinchas. Demasiados simpatizantes entregan civilidad, instrucción y respeto apenas con cuentagotas. Y las traiciones de los jugadores se anotan fecha tras fecha.
La masa fulbolera, desde la impunidad que otorga el monstruo de mil cabezas, se atreve a cualquier despropósito. Hiriente, destructiva, ingrata. El abanico de víctimas acorrala desde el árbitro hasta los rivales, pero sin desatender a los propios jugadores, que también caen en desgracia. "In Argentina, violence is part of the soccer culture", titulaba hace tiempo un artículo The New York Times. "Los disturbios en parte reflejan a una sociedad argentina cada vez más violenta, donde la delincuencia callejera ha ido en aumento...", explicaba. Muchos simpatizantes se enorgullecen de su poder, y lo ejercen desde los abusos. Peligro: los hinchas están enamorados de sí mismos. Sobran gestos irracionales que retratan la descomposición social. Ejecutar un córner en este país es someterse al inmundo agravio de una catarata de salivadas. Una foto de la regresión. ¿Importa? Apenas un momento, casi lo que dura un flash informativo. El mensaje ya se ha instalado: una creciente degradación late en las canchas con pasmosa naturalidad.
Un gran lote de jugadores tampoco colabora. Los que simulan faltas, guapean para exigir una tarjeta y desenfundan su pillería para adelantarse en una barrera. Una de las derivaciones de este deporte es que pone a prueba el sentido de nobleza e integridad de las personas. Sobran histerias y provocaciones al servicio de la queja. Y deslealtades, porque arteros codazos como el de Silvio Romero a Kannemann se volvieron frecuentes. Después, la hipocresía y el discurso acomodaticio se ocupan del resto: Barros Schelotto no dijo nada de este error del árbitro Ceballos, al que alguna vez descalificó tanto que hasta exigió que no dirigiera nunca más a Lanús.
El fútbol argentino está tapizado de maldades por ejecutar. Los hinchas son impacientes y provocadores porque el costo social cuando se pierde es altísimo y en varias ocasiones los medios fomentamos esas turbulencias. Los límites podrían estar ligados a la placidez de conciencia, pero se vería como una candidez. Otra postal decadente. Futbolistas e hinchas, actores de exasperaciones que proceden de la desarticulada sociedad argentina, cómplice de la agresividad y la desacreditación. Pese al valiente renacer táctico, huérfano de valores el fútbol es igual de pestilente.

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