Padres, entrenadores y árbitros

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Nunca me hizo demasiada gracia que mis hijos decidieran jugar al fútbol, pero por desgracia para mí desde el año 2007 no hago otra cosa que recorrer los pabellones y los campos de los diferentes equipos escolares de la provincia.
En todo este tiempo, y en diferentes categorías, me encuentro siempre con el padre que piensa que tiene a Messi en casa y al entrenador que se cree Mourinho y ambos se dedican a mostrar sus frustradas ambiciones futbolísticas a gritos en los partidos. El espectáculo es más digno de una berrea de ciervos en celo que de personas que se supone tienen que inculcar valores a los chicos.
Siempre ha habido y habrá personas así, pero en estos dos últimos meses, por casualidad o vaya usted a saber por qué, los episodios se han agudizado. Por destacar algo citaré a un entrenador que por pitarle una falta a su equipo se puso a dar patadas como un loco a las vallas metálicas de los campos anexos del Ruta de la Plata o un padre que en el pabellón de la Diputación vociferaba de un modo atronador a su hijo, desoyendo las llamadas de atención del míster, y el menor ya ni jugaba, solo le miraba a él, y tuvo que contemplar atónito cómo su progenitor arrojaba con furia el anorak al suelo porque el menor falló un gol. También es digno de mención otro progenitor que, aparte de la correspondiente berrea, le cambiaba el juego al entrenador. El cual se limitaba a aguantar y a hacer las sustituciones.
Todo esto, por no hablar de la lindezas que se le suele decir a los jóvenes árbitros que cada sábado y lunes participan en los partidos de nuestros hijos. Si yo fuera ellos, para luego arbitraba a los angelitos.
Por supuesto que un padre tiene que animar a su hijo (faltaría más) y que un entrenador tiene que gritar para que se le oiga en el campo, sobre todo si es al aire libre, pero de ahí a que se pase una hora voceando y con la vena hinchada del cuello a punto de estallarle, diciendo los nombres de los muchachos compulsivamente como si fuera la lista de los reyes godos y que se le oiga en las provincias limítrofes? clama al cielo. Y es que aunque parezca que no los niños, a veces, tienden a hacer lo que se les manda. He visto cómo chicos encantadores y educados fuera del campo se volvían verdaderos monstruos dentro del terreno de juego, arengados por el incompetente de su entrenador, que no solo no paraba la situación, sino que animaba a ello.
Los padres no se quedan para atrás, a veces ocupando el puesto del técnico o haciéndole de ayudante en el otro lado del campo, se encargan de dar su particular visión del partido con arengas como «dale a ese», «a por él? dale» y mientras, a pocos metros del susodicho, la familia del otro niño al que marca su hijo reza para que el chico no le haga caso a su progenitor, no toque al contrario y evitar así un incidente. De todo esto que digo puedo dar datos y fechas.
Y es que da la impresión que la ley obliga a meter al menos (y digo al menos, porque a veces son más) media docena de estos especímenes voceones y sabios en cada categoría de fútbol escolar, porque si empezamos a subir un poco la cosa se complica mucho más.
Hasta ahora he hablado de padres y no de madres, porque no sé si es que ya tenemos asumido históricamente que nunca vamos a llegar a delantero centro del Real Madrid o del Barcelona, que nos limitamos a ser como los cohetes de las ferias: celebramos como locas el gol de nuestros hijos y después a seguir mirando.
Según las estadísticas de los últimos años, que me he molestado en consultar, solo dos chavales de todos los que comienzan un año a jugar en España tienen posibilidades de llegar a Primera División. Eso no implica, por supuesto, que sea en los equipos grandes y con fichas millonarias. Es decir, el 97 por ciento de los niños se quedan en el camino. Pensemos: «el niño empieza a jugar al fútbol por divertirse». Esta predisposición no lleva otra cosa que eso: jugar. Sin cargas psicológicas ni tensiones por el resultado del juego como si se disputara el mundial de fútbol o fuera a salir a defender su vida en un circo romano.
Lo suyo es que los chavales, cuando en el futuro vean las fotos de su equipo, recuerden cómo se lo pasaban con sus compañeros o amigos de equipo. Seguramente, por suerte, no van a recordar si fueron el pichichi de la categoría o cuantos tobillos de los contrarios dejaron en el camino.
Entonces, señores míos, si son incapaces de refrenar sus impulsos, recapaciten y estudien la posibilidad de quedarse en casa o en caso menor dentro de su coche. Porque estoy segura de que no solo los que estamos alrededor sino incluso los propios chicos se lo agradecerán.
Artículo escrito por BELÉN ALONSO en La opinión de Zamora


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