El eterno culpable

Cuando Wolfang Stark levantó la tarjeta roja, el país entró en una psicosis colectiva de esas que tanto nos gustan. La expulsión de Pepe ofreció a muchos una ocasión ideal para llevar la crispación un poco más lejos, pues Real Madrid y Barcelona ya se habían encargado de calentar el atracón de clásicos hasta un extremo sonrojante. Pero ahí estaba el árbitro, centro de las miradas de todos, culpable hasta que se demuestre lo contrario, para dictar sentencia en una jugada sobre la que nadie, varios días después, se ha puesto de acuerdo.
Escasos segundos para tomar una decisión que nosotros contemplamos repetida hasta la saciedad sentados en el sillón de casa, sintiéndonos con la potestad de protestar e indignarnos ante una posible injusticia. Y si el árbitro acierta, da igual, también protestamos. Calumnia que algo queda. Peor todavía son aquellos que se acercan a los campos de fútbol con el ánimo crispado. Esos que se acomodan junto a la banda para juzgar la labor arbitral según le venga en gana, según los intereses de su equipo, claro está. Los que ven el fútbol en un solo color. Pero es lo habitual. Insultar al árbitro, amenazarlo y otras barbaridades se ha convertido en algo cotidiano, aceptado como normal y que muchos toman a broma. Dicen que juegan con los intereses y sentimientos de equipos y aficionados, como si los colegiados fuesen personas inquebrantables que llevan en el sueldo aguantar absolutamente todo.
En uno u otro momento, todos los equipos se sienten 'atracados', algunos ven manipulaciones en conspiranoicos alardes de importancia y los futbolistas protestan y teatralizan con tal de sacar partido y confundir a un árbitro al que después, no se le consiente ni un solo error. Se perdona que nuestro delantero falle un gol a puerta vacía, se justifica que un defensa agreda a un rival o que el entrenador no tenga capacidad de reacción para solventar un partido. Pero al colegiado, ni una.
El fútbol ha llegado a un extremo enfermizo y el árbitro es el eslabón más débil, aquel que nadie defiende, al que nada afecta. Hace un par de semanas, en Pradoviejo volaron dos botellas de plástico cuando el colegiado ganaba el túnel de vestuarios. Nadie pareció escandalizarse demasiado. Era un partido de juveniles.
Los fanáticos encuentran en el deporte una rincón ideal en el que dejarse llevar por su oscuro pasajero. Llegan con intención de faltar, reflejando el lastre de una sociedad muy dada a la violencia verbal. De respeto, ni hablamos. Desde la grada, la realidad no puede fastidiarles un buen insulto. Sobre el césped, el árbitro es el eterno culpable.

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